Friday, July 5, 2013

Soñar café



Soñar Café

Estoy en una taza de café, las aguas negras y aromáticas intentan ahogarme.   Diviso un pedazo de pan como un iceberg en medio de la taza y nado hasta él.  Una gaviota comienza a picotear el pedazo de pan al que ahora me aferro. Vete! Vete a comer a otro lado! Pero no hace caso, picotea y picotea.  Me hace sangrar.  La tinta de mi sangre vuelve el café un negro más intenso, más espeso.  Una vara plateada, labrada con florecitas de las que crecen al pie de las carreteras, está sumergida hasta la mitad, no es muy larga pero su tallo alcanza el borde de la taza, creo que es una de las cucharas de la abuela.  Este debe ser el mejor camino para salir de aquí.  Mis manos sangrantes se aferran a las patas escamosas de la gaviota, esta se pone a chillar y aletea,  trata de picotearme las manos para que la suelte, pero no la suelto, después de todo ya estoy sangrando.  Le aprieto las patas y  se enfurece cada vez más, agita las alas, chilla, revolotea y en su desespero se acerca a la vara que antes divisé, le suelto las patas y me dejo caer.  Ella rápida se aleja de mí.  El impacto me sumerge en el café y como por arte de magia reboto a la superficie, hacia mi derecha la porcelana manchada de la taza forma figuritas marrones, grafitis indescifrables para mí, hacia el otro lado, y muy cerca de mí, la vara.  No me cuesta mucho alcanzarla.  Empiezo a subir por ella, pisando las florecitas plateadas, subo, subo, alcanzo el borde y me siento.  Desde ese lugar logro ver la sala de mi casa.  Me tiro del borde y caigo de pie, empiezo a sacudirme el café del cuerpo, las gotitas se esparcen por el piso como hormiguitas borrachas, húmedas.  Camino hasta la sala, veo  una palmera saliendo del centro de mi casa, rompiendo el techo de tejas y cubriendo las paredes exteriores. Gigantescas pencas de verde brillante, el sol atravesando  entre ellas, formando sombras en el piso desnivelado por las raíces gruesas.  El tallo, largísimo cubierto de asperezas, desde abajo, parecía llegar hasta el cielo.  La palmera parida de cocos que parecían bolas de baloncesto. Los muebles desnivelados por la raíces hacían de la sala una visión tridimensional. Mi abuela que estaba sentada en la mecedora reía a carcajadas.  Mi madre dormía, inexplicablemente.
En el centro de la casa mi amigo Leo apareció con una pala en la mano.  Me confesó que había sembrado la palmera aunque no pensaba que crecería tanto.  Le quité la pala y empecé a apalear la tierra, la pala se atascó, me puse de rodillas y   la tierra con las manos, pero mis manos no se ensuciaban, siempre limpias, mis uñas blanquísimas a pesar de la tierra.  De repente empezaron a brotar de la tierra esmeraldas, zafiros del azul más intenso, rubíes y cristales preciosos.  Mis ojos maravillados, mi boca entre abierta soltando suspiros incrédulos.  Me sentí tan viva, tan inmensa en la sala de mi niñez.   De repente todo empezó a temblar, los platos encima de la mesa, caían uno a uno al piso. La mata se hacía más grande con cada movimiento, temblaba la casa, el piso se cuarteaba cada vez más.  Los cocos  se abrieron, su agua fresca y olorosa empezó a inundar mi casa, ¡estaba lloviendo agua de coco!  Mi abuela se reía: Busca los galones muchacha, llénalos de agua, con esta bebemos por tres días.  
Los busqué,  guardamos tanta agua que no quedaron recipientes sin usar.  Usamos los calderos, los vasos de colores, las botellas vacías, los jarrones de cristal, los de plástico, las tinajas rojizas de barro, las tazas que sobrevivieron el temblor.  Estaba rica el agua, pero era tanta que inundó el resto de la casa.  En las habitaciones cubría todo el piso y subía lentamente por las patas de la cama, mojando el borde de la frazada.  En el armario ya había causado estragos, los zapatos estaban empapados, parecían botecitos navegando en un río  improvisado de dulce agua de coco.  Mis amigos cargaron a mi abuela que no se paraba de la mecedora por nada del mundo, se limitaba a reírse, a decir que nos bendecía el cielo con semejante regalo.  Mi madre dormía bajo la frazada mojada pero no despertaba y su cara estaba seca, linda, descansada.  El agua que le besaba el rostro le daba una apariencia juvenil, rosadita, pero no la mojaba. Era como un cristalito leve que le bordaba un brillo en los ojos, le aflojaba la mandíbula, pintándole un semblante relajado y hermoso.  Ah! Quien fuera mi madre, durmiendo tranquila entre este lío de agua y tazas de café.  Pero era yo y ahora tenía que averiguar cómo sacaría el agua de la casa.  De repente la lluvia se volvió un susurro que empezaba a desaparecer. 
El agua cubría todo como una manta cristalina y brillante.  Entonces tiré toallas al piso, formando un arco iris esponjoso que empezó a tragarse el agua.  Los colores oscurecieron frente a mis ojos. El piso quedó reluciente, como los espejos de un carnaval, improvisado bajo mis pies.  Mi madre dormía, mi abuela reía, mi amigo admiraba las piedras preciosas entre sus dedos.  La calma se apoderó del ambiente. Todo se notaba limpio, reluciente.  La palmera seguía en medio de la sala aunque ya no le quedaba ni un coco en la cabellera.  Todo estaba quieto.  Entonces me despedí de Rafael, le di un beso a mi abuela, me acosté en mi cama.  Desperté

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